Una flor en un pantano, esplendiendo su belleza en medio del agua, deja que sus pétalos Violeta y Oro hablen por sí mismos.

Cuenta la leyenda que un romance prohibido entre una muchacha guaraní y un joven llegado de España dio origen al camalote, por allá en el año 1526. La partida de aquel joven en regreso hacia sus tierras, dejó llorando a la muchacha, sin consuelo y a escondidas en las orillas del río Paraná. 

Los porás (espíritus invisibles vinculados con los animales y las plantas) al oír las súplicas de la joven, pidiendo entre llantos volver a ver a su amado, acudieron a Tupá y su esposa (dioses del agua) a contarles lo ocurrido. 

Una tarde, en cumplimiento de este deseo, los dioses convirtieron a la muchacha en camalote. Así podría alejarse de la orilla y recorrer el río para volverlo a encontrar.

La leyenda termina allí. Pero como toda historia tiene algo de verdad…


El camalote es una flor originaria del continente americano, localizada predominantemente en América del Sur. Fue introducida a México por la mano del hombre y ha experimentado un crecimiento y una expansión que escapa a cualquier intervención humana y trasciende fronteras.

Hoy en día, casi cinco siglos después de lo ocurrido en la leyenda, el camalote (o para algunos, el espíritu de aquella muchacha guaraní) ha llegado a las aguas del río Guadiana, en las tierras de Extremadura, España

El camalote se ha propagado de tal manera que empezó a ser visto como una amenaza para la autóctona vegetación de la zona. Como resultado de ello, se terminó catalogando a la especie de plaga, tomando medidas para mantenerla controlada y frenar su expansión. 


Es entendible que la incompatibilidad del camalote con las especies del lugar haya puesto en riesgo la vegetación autóctona. Lo curioso es que sigamos viendo como amenazante todo lo que atenta contra  lo que hasta ahora era «normal» o «propio del lugar»

Utilizar el término «plaga» para referirse a una flor de exquisita belleza es algo extraño. Pero más extraño aún es que todavía no seamos capaces de observar las señales de la naturaleza y respetar su sabio curso natural.

Quizás la conservación de las especies autóctonas sea una manera de proteger el ecosistema. Pero tal vez el ecosistema simplemente esté cambiando y algunas especies deban irse para que otras puedan llegar.

Estamos acostumbrados a aferrarnos a lo conocido, a conservar «algo que nos identifica» en un pequeño espacio, en un pequeño lugar ¿Será que es hora de aceptar el reto y salir de nuestra baldosa hacia una visión más global?

Un camalote portando los colores de la Libertad, trascendiendo fronteras, desdibujando los límites del espacio, sin guerra, sin violencia, sólo imponiendo su belleza con sutileza y en paz ¿no nos está enseñando nada? 

Quizás debamos empezar a observar más…


Puede que este loto americano nos está entregando un simbolismo más grande que nos invite a transformarnos. Puede que simplemente sea un resultado de la fuerza natural. 

Pero sea cual sea el caso, estas señales de la naturaleza hacen que la ciencia y el estudio del medio ambiente sí o sí se deban reajustar. Tal vez sea cuestión de tiempo empezar a contemplar la real vida natural… o tal vez ya sea tiempo y sólo sea cuestión de animarse a ver la vida un paso más allá.

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